En los últimos años a Nike se la ha criticado la ausencia de zapatillas voladoras. La Flyknit Racer ha sido un completo éxito comercial, pero con una moderada visibilidad en carreras. En 2016 era habitual ver atletas con la Streak 3, una zapatilla de 2011 que cinco años después seguía siendo insuperable. Evidentemente, el mercado para corredores que rozan los 3 min/km no es masivo, pero es muy visible. Son las zapatillas de los que ganan las carreras y por un motivo que no llego a entender, algunos corredores populares piensan que lo que es bueno para la elite puede ser bueno para ellos.

adidas supo ocupar ese espacio con un éxito abrumador. Desde 2007 las marcas mundiales de maratón masculino se han reducido dos minutos, se han batido cinco veces y las cinco con zapatillas adidas. Y ha sido precisamente en una carrera patrocinada por adidas cuando Nike ha mostrado lo que puede hacer. Los dos podios, masculino y femenino, han sido copados por atletas Nike y cinco de los seis con la misma zapatilla. Los dos vencedores, Geoffrey Kirui y Edna Kiplagat y los dos terceros, Suguru Osako y Jordan Hasay han utilizado la Vaporfly 4%, la versión “comercializable” de la arriesgadísima Vaporfly Elite que llevarán Kipchoge, Desisa y Tadese en su intento por bajar de las dos horas. Rose Chelimo usó unas Lunaracer 4 y Galen Rupp fue segundo con unas zapatillas basadas también en la Vaporfly 4%.

No fue el único detalle interesante de Rupp. Usaba mallas, algo poco habitual en maratón pero que veremos en Breaking2 y cambió la camiseta habitual de su equipo, Oregon Project, por una predominantemente blanca, tal y como se suele hacer en carreras con altas temperaturas (Jordan Hasay y Osako sí la llevaron). Y sobre todo, sorprenden las cintas Aeroblade en la zona baja de las piernas para reducir el rozamiento. Volviendo a las camisetas, Kirui venció con el uniforme Nike del equipo Nationale Nedernalden Running Team, recientemente presentado. Nike ha pasado de ser el equipo a ser el patrocinador del equipo. Kipchoge, otro de los Breaking2, también forma parte del nuevo equipo.

Mallas, tiras de aeroblade, incluso los calcetines han sido rediseñados. No es la primera vez que se intenta revolucionar el modo de vestir de los atletas siguiendo patrones estrictamente científicos. Kappa lo intentó en los ochenta con un estilo que solo se atrevió a usar Florence Griffith. Nike pisó el mismo terreno en 2000 y su protagonista principal y casi única fue Cathy Freeman (y la ahora innombrable Marion Jones).

El detalle que une aquél intento con Breaking2 es el que entonces era marido de Cathy Freeman, Sandy Bodecker, un de los locos históricos de Nike. Solo queda saber si lo que intuimos en Boston y conoceremos en Monza son cambios que llegan para quedarse o es solo una divertida campaña de Nike. En el peor de los casos, diversión.

Durante décadas, la idea principal de Nike era crear revoluciones cada temporada y la de 1985 era una malla elástica en cuatro direcciones que usó en Air Sock, Flow, Current y sobre todo Sock Racer. Diseñada por Bruce Kilgore, demostraba que sus habilidades podían ir de los pesos pesados (Air Force 1) a los peso pluma. Sin cordones, solos dos franjas, una para evitar que el pie fuera hacia adelante y otro para evitar los movimientos laterales y con una media suela que combinaba poliuretano y una unidad Air. No hacía falta más para llamar la atención, pero Nike usó la combinación amarillo-negro y regalaba unos calcetines a juego. En la publicidad decía que eran “raras en el buen sentido”.
Una rara combinación de Sock Racer y calcetines a franjas que usó Ingrid Kristiansen para ganar en Boston en 1986. La Sock Racer se considera una de las predecesoras del concepto Free, se mezcló en un desafortunado híbrido, se reeditó en 2014 en una versión más cercana a la original y vuelve a hacerlo ahora con flyknit, pero no hay previstas nuevas reediciones de Ingrid Kristiansen.

Rosie Ruiz, parecía representar el sueño americano cuando cruzó la línea de meta del maratón de Boston de 1980. En un momento en el que el maratón se profesionalizaba en la sombra, la vencedora llegaba sin patrocinadores y con una sencilla camiseta de algodón. En adidas, nadie sabía si aquella camiseta implicaba que era una de sus patrocinadas, pero no tardaron en comprobar que calzaba zapatillas Brooks. Exiliada cubana, solo se conocía su marca en Nueva York unos meses antes, que había sido mejorada en más de 25 minutos. Cuando Kathrine Switzer le preguntó si esa mejora se debía al interval training, Rosie ni sabía de qué le hablaban.

El vencedor masculino, el mítico Bill Rodgers, se sorprendió por la aparente facilidad con la que una desconocida había conseguido vencer en Boston. ¿Una completa desconocida podía conseguir la tercera mejor marca mundial?

La respuesta era sencilla: no. Nadie recordaba haberla visto durante la carrera. La prensa que acompañaba a la primera corredora no sabía nada de ella. Algunos espectadores recordaban haberla visto entre ellos cerca de la meta. Rosie Ruiz se había incorporado a la carrera en los últimos metros. Una semana después, la segunda corredora en cruzar la línea de meta, Jaqueline Gareau fue declarada vencedora, aunque todos los ojos, incluso los de los patrocinadores, estaban en otro lugar. La foto que dio la vuelta al mundo mostraba a la falsa vencedora acompañada por la policía, aunque en ese momento solo estaban acompañando a la supuesta vencedora. Aquella camiseta adidas amarilla fue más vista que las zapatillas Brooks de Jaqueline Gareau.

Dos tipos corriendo solos durante los últimos 15 kilómetros de un maratón. Alberto Salazar y Dick Beardsley medían sus sombras para saber si seguían corriendo juntos en los kilómetros finales del maratón de Boston de 1982. Correr, el jogging, era ya un deporte masivo y necesitaba un momento para las noticias.

Beardsley era el hombre de New Balance. El hombre que en sus primeros maratones había llegado a meta 30 minutos después del ganador, había tenido una oferta de 25.000 dólares por calzar adidas en el maratón de Boston de 1982. Salazar se había creado deportivamente bebiendo del mito Prefontaine. Correr era demostrar quién tenía más huevos, el mejor ritmo es un ritmo suicida y frases así. Pero Salazar lo había demostrado en 1978 cuando llegó a recibir la extremaunción después de un carrera. Era el hombre de Oregón, el hombre de Nike. El máximo favorito para todo el mundo, incluso para él mismo.

Aquella última hora del maratón de Boston de 1982 quedó para la historia como un duelo al sol entre Salazar y Beardsley, un anuncio de una hora de Nike y New Balance. Alberto Salazar conseguía cruzar la línea de meta dos segundos antes que Beardsley y allí mismo era recogido por los servicios médicos que necesitaron 6 litros de suero para recuperarle. Beardsley tenía cierta experiencia en estos finales, ya había empatado en el primer puesto del maratón de Londres un año antes, pero Boston era un duelo a muerte.

La relación de Salazar y Nike se ha mantenido desde entonces y algunas de sus zapatillas (American Eagle, Mariah) han quedado irremediablemente unidas a él. En las oficinas centrales de Nike hay un edificio llamado Alberto Salazar y fue el elegido para liderar Oregon Project.
La relación de Beardsley y New Balance no fue tan sosegada, pero tampoco lo es la vida de Beardsley, con accidentes y luchas contra las adicciones. La marca de Boston suele referirse a él como el mayor embajador de la historia de la marca. Por una carrera en la que quedó segundo. O por una carrera en la que llevó al ganador hasta la extenuación.

Los primeros atletas que usaron Nike fueron los vecinos de Bowerman y Knight en Eugene, Portland. Uno de ellos, el hijo del alcalde, había sido olímpico en 1972, donde había compartido equipo con Prefontaine y el propio Bowerman. Jon Anderson era uno de los probadores de las zapatillas hechas a mano por Bill Bowerman y se presentó en la línea de salida del maratón de Boston en 1973 con unas Nike Obori. El nombre venía de un pequeño pueblo cercano a Fukushima, pero cuando Anderson llegó a meta en primer lugar, sus zapatillas pasaron a ser “aquellas con las que ganaron el maratón de Boston”. Poco tiempo después Nike las rebautizó oficialmente como Boston.

En 2016 Hiroshi Fujiwara las eligió para mezclarlas con la mediasuela Air Max. El híbrido también se escapó del nombre original y se convirtió en LD Zero.

En 1967, KV Switzer tuvo que ocultar su verdadero nombre para inscribirse en el maratón de Boston. Kathrine Virginia no podía correr porque las mujeres tenían vetada la participación en carreras mas allá de la milla y media. Otra corredora, Bobbi Gibb, había participado un año antes sin dorsal, pero sería Switzer la que pasaría a la historia, gracias a la actuación de los oficiales de la carrera que intentaron frenarle y de la oportuna aparición de un fotógrafo que inmortalizó el momento. Una y otra tenían muchas cosas en común, empezando por lo menos importante, las zapatillas.

Ambas corrieron con tres franjas (que en aquella época no lo usaba solo adidas) y en el caso de Switzer, estuvo muy relacionada con distintas marcas a lo largo de su carrera, primero como atleta (ganó NY en 1974) y luego como periodista y conferenciante. Después de Avon pasó por Reebok hasta volver a adidas en 2017 para celebrar el 50º aniversario de aquella carrera.

El maratón de Boston es el más histórico de los maratones comerciales y como tal tiene algunas de las mejores historias relacionadas con marcas. Nos centramos en las deportivas, en una serie de entradas que repasan la historia zapatillera del maratón de Boston.

1951. Tras la Segunda Guerra Mundial los atletas de países perdedores fueron excluidos de las competiciones deportivas. Seis años después, el primer gran evento en suelo americano con participantes japoneses era el maratón de Boston, que se celebra precisamente el día de los patriotas. Cuatro corredores japoneses se colocaban en la línea de salida del maratón de Boston con camisetas con la clásica franja diagonal y la bandera del sol naciente. Shigeki Tanaka, de un pequeño pueblo a 50 km de Hiroshima, había vivido con 13 años el ataque nuclear. En los pies, zapatillas de lona y con el dedo gordo separado, al estilo tabi que habían sido fabricadas por una compañía nacida un par de años antes, Onitsuka Tiger. Parecían perfectas para el sobrenombre con el que fue rebautizado después de hacerse con la victoria: el niño atómico.

Las zapatillas al estilo tabi han vuelto a aparecer con cuentagotas y aquellas de Tanaka han sido fielmente recreadas por Onitsuka para ediciones especiales. Su influencia en el ámbito deportivo tuvo que esperar casi medio siglo, primero con las Nike Rift (que nadie llegó a usar para su uso originario) y más tarde con FiveFingers o Topo.

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Uno de los motivos del éxito de las primeras Jordan fue asociarla a un jugador, algo que no era precisamente una novedad (Jabbar, Frazier, David Thompson…), pero que funcionó como nunca antes lo había hecho. Siempre hay gente que piensa que la mejor manera de tener éxito es repetir las estrategias de los que ya lo tienen y todas las marcas se lanzaron a una frenética carrera por poner nombres de jugadores a las zapatillas.

Las signatures han ido perdiendo importancia a la vez que dejaba de ser un detalle diferenciador y explotó con la llegada de pequeñas marcas chinas que veían en las signatures un modo de atraer a jugadores.

La primera zapatilla de Harden juega con el déficit del supuesto contrato de 200 millones de dólares que le une a adidas. Las Under Armour de Stephen Curry han sido un completo fiasco de ventas en Estados Unidos, algo que ha hundido los resultados de la marca. Los tres últimos modelos numerados de LeBron James han sido sonoros fracasos de ventas y la XIV no ha tenido ningún apoyo publicitario. Su última zapatilla, como la de Kevin Durant, ha bajado su precio 25/30 dólares respecto a la anterior. Jordan da el juego por perdido y lanza una signature para Westbrook con la que no se puede jugar al baloncesto, influían más las Vans que utilizaba en la calle que las Jordan que usaba en la cancha.

Pero más allá de las zapatillas con firma, el baloncesto se ha olvidado de la innovación. Por un lado, en Estados Unidos Nike controla las ventas de zapatillas de baloncesto con unos números que harían palidecer a un congreso búlgaro. Nike y Jordan rozan el 90% de las ventas de zapatillas de baloncesto en Estados Unidos ¿puedes pedirle novedades con un control absoluto del mercado?
Por otra parte, esas novedades no puedes verlas ni en la cancha. Una vez que se acepta que se puede jugar a nivel profesional con unas retro la innovación deja de tener sentido.

El retrorunning está agotándose. El estilo minimalista-tecnológico funciona pero tiene un previsible fin cercano. En unos meses comienza el contrato que une a la NBA con Nike, por primera vez las camisetas tendrán el logotipo de la marca que lo fabrica. La apuesta de Nike ha sido tremenda, aunque no se puede asegurar que las cifras de las que se hablan sean ciertas, se hablaba de un billón de dólares como cifra que Nike está dispuesta a pagar a la NBA por un mercado que ahora mismo no existe. En los ciclos habituales de la moda el baloncesto está en el banquillo pero acabará volviendo, pero quien más tiene que perder es el dominador del mercado.

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Puede que lo hayas leído cien veces en los últimos días, la Superstar es la zapatilla más vendida de 2016, lo que ha servido de excusa para hablar del sorpasso de adidas a Nike. Por primera vez en lustros, una zapatilla adidas es la más vendida. Pero rasquemos un poco.

-Los datos se refieren exclusivamente a Estados Unidos. Las ventas en Estados Unidos pueden llegar a ser la mitad de las ventas mundiales, pero son mercados muy diferentes. No serían las más vendidas, sino las más vendidas de Estados Unidos.

-Los datos vienen de NPD, una empresa que registra los datos de grandes grupos de compra, pero dejan de lado las pequeñas tiendas independientes. Los grandes grupos registran la mayoría de ventas de zapatillas, pero hay ciertos mercados marginales que quedan fuera del registro. No serían las zapatillas más vendidas de Estados Unidos, sino las zapatillas más vendidas en las grandes cadenas de Estados Unidos. Eso explica que la sexta zapatilla más vendida sea una Nike Revolution (sin relación con la mítica Air Revolution) que solo conocen los que buscan zapatillas de 45 euros en Carrefour.

Ahí la llevas, la 6ª zapatilla más vendida y no la había visto en mi vida.

-adidas ocupa el primer puesto, pero las nueve restantes son del grupo Nike; Jordan XII en segundo lugar, Converse Chuck Taylor en el tercero, Roshe en el cuarto y Huarache en el quinto. Que una zapatilla adidas sea la más vendida es toda una novedad, pero no podemos inferir de ahí que adidas venda más que Nike.

-Desconozco el motivo, pero el estudio habla de modelos genéricos, no de referencias concretas. En 2016 se pusieron a la venta 12 colores de Jordan XII en tallas de hombre, mujer y niño. De la Jordan XI solo hubo cuatro colores, tres de ellos en versión low. Huarache o Superstar tuvieron decenas de versiones y la Roshe puede suponer cientos de referencias; Roshe One, Roshe Two, Roshe Flyknit, Roshe 365, Roshe Daybreak, Roshe LD… En los datos se mezclan zapatillas de niños, hombres y mujeres en distintas versiones. Si hablamos de referencias concretas, la propia Nike ha anunciado que la Jordan XI Space Jam ha sido el mayor éxito del año, pero en los datos de NPD tiene que competir con cientos de colores de Huarache o Superstar.

Las cifras de ventas pueden ser interesantes para tener una visión global, pero más allá de eso parece que se trata de un modo de completar titulares. Como si no hubiera gatitos en el mundo.

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Sin tener ni una sola cifra oficial, tengo la sensación de que una edición limitada de una zapatilla retro llega a tiendas en cantidades mucho menores que las versiones originales. Por ejemplo, una Jordan I en un color determinado era mucho más fácil de conseguir en 1985 que en 2017. La mayoría de las grandes zapatillas se vendían en tiendas de barrio y en grandes superficies. Hoy esas ediciones solo se pueden conseguir en unidades limitadas, en algunas tiendas de un par de ciudades en toda España.

Obviamente, el objetivo es crear hype, aunque el primer pensamiento es que podría conseguir mucho más dinero con más unidades. Colocar muchas unidades y ganar dinero o pocas y hacer ruido. ¿Por qué la estrategia de 2017 es distinta a la de 1985?

Una zapatilla en 1985 podía ser revolucionaria, pero Nike sabía que después de aquella revolución vendría otra. Entre 1985 y 1988 llegaron a las tiendas Jordan I, II y III, Dunk, Air Max, Air Trainer, Sock Racer y V Series. Una revolución cada tres meses. Y la gente compraba el producto, que es lo mismo que decir que compraban cada revolución.

La masificación del mercado de las zapatillas ha provocado un giro en las ideas. Las masas no quieren revoluciones y tampoco conocen demasiado el producto. Las marcas ofrecen justo lo que el consumidor quiere, más de lo mismo en unidades limitadas. Si todo el mundo consigue el producto deseado el próximo año no habrá nada que ofrecer.

Jugar con ediciones limitadas es dar por hecho que el producto no es suficiente. Nada de revoluciones, apostemos por el hype.